
Autor: Alvaro de Figueroa, Conde de Romanones
Editorial: Edición personal regalada amigos e institucions
Año de publicación: 1910
ISBN:
Versión texto de la primera obra monográfica sobre Tiermes, publicada en Madrid en 1910 y difundida por el propio Conde de Romanones, que pagó la edición
LAS RUINAS DE TERMES
APUNTES ARQUEOLÓGICOS DESCRIPTIVOS
El Conde de Romanones
MADRID 1910
A modo de prólogo
Bien pudiera titularse este trabajo muchas codornices y algo de Arqueología, cuando mi afición á la caza, y especialmente a la de tales aves, fue causa de interesarme por los descubrimientos arqueológicos, tarea bien distinta de todas aquellas que me ocupan.
Hace dos años, en una excursión cinegética hecha á los pueblos de Galve y Campisábalos, distantes unos treinta kilómetros de Atienza y enclavados en un extremo de la provincia de Guadalajara, confinando con las de Segovia y Soria, y quizás en lo más alto de ella, el digno párroco de Galve, D. Saturnino Herranz, refirióme, estando de sobremesa, una reciente visita por él realizada al Santuario de la Virgen de Tiermes, donde se hallan ciertas ruinas romanas que, á su entender, debían encerrar mérito extraordinario. Oí la relación del ilustrado sacerdote con relativo interés y sin dar gran alcance á todo cuanto dijera. Al año siguiente, la misma persona y en el propio sitio volvió de nuevo á hacer recaer la conversación sobre tal asunto, diciéndome entonces cómo había vuelto al lugar donde estuvo enclavada la antigua Termes, y estudiadas con más detenimiento las ruinas podía darme noticias más concretas acerca de ellas.
Ya entonces, hízome tales requerimientos que entendí era un deber mío, deber de cultura, no desatender los insistentes deseos del modesto sacerdote, y poner de mi parte, para comenzar algún trabajo de investigación, todo aquello que fuera necesario.
Claro es que las ocupaciones que sobre mí pesan no me dejaban, ni me dejan, el tiempo necesario para prepararme suficientemente á tal orden de trabajos, y sólo pude. á intervalos y sin gran tranquilidad, ir adquiriendo las noticias bibliográficas más esenciales y que pude encontrar en diversas obras, gracias á las indicaciones y consejos de algunos muy eruditos amigos míos.
Conociendo de Termes lo poco que los historiadores dicen, decidí el pasado verano realizar la expedición y comenzar los trabajos de descubrimiento, por el buen párroco de Galve tan deseados, por mi considerados sólo como una de aquellas obligaciones que se cumplen sin gran entusiasmo aunque sin gran pesadumbre, sobre todo porque iba á realizarla al propio tiempo, como así fue, de una expedición á codornices que con el mayor atractivo me brindaba.
Así, alegremente, una mañana de caluroso día del mes de Agosto, por ásperos cerros y estrechas sendas, verdaderos caminos de perdices, atravesando la llamada vulgarmente Sierra Pela, una de las divisoras de la Carpeto Vetónica, dirigíme desde el lugar de Campisábalos, último pueblo de Castilla la Nueva, al pequeñísimo de Manzanares, primero, por aquel punto, de Castilla la Vieja, en la provincia de Soria. Allí, acompañado de varios amigos de uno y otro lugar, de cuyos nombres podría olvidar algunos, pero de los cuales mi agradecimiento es grande (1), llegamos al santuario de Nuestra Señora de Tiermes, donde, con gran sorpresa y honda emoción, nos hicimos cargo, después de una visita general al emplazamiento de la ciudad primitiva y de la romana, así como de la situación de sus principales construcciones.
El croquis de todo ello, que publicamos, servirá de ilustración á 1a parte descriptiva, cual podrá apreciar el que leyere.
Allí oimos relatar por viejos labradores el descubrimiento que años antes hiciera un vecino de Manzanares, de dos objetos de plata (las llamadas pateras de Segovia), que vendidos á un chamarilero trashumante, vinieron á figurar al cabo en un Museo extranjero, adquiridos por cantidad crecida de libras esterlinas; también nos dieron cuenta del hallazgo de múltiples monedas de oro y plata, cedidas á bajo precio en el mercado del Burgo de Osma y de un brazo de bronce dorado de colosal estatua, vendido también al extranjero.
Aquellas sencillas gentes, incapaces de sentir curiosidad alguna por el recuerdo histórico, al ver la impresión que todo aquello nos conducía, la importancia que dábamos á los restos que de las excavaciones celtíberas descubríamos, el afán con que recogía os fragmentos de tejas, mosaicos, ladrillos, restos de delicada cerámica, unos enterrados, otros dispersos puestos de manifiesto por el arado, se les despertaba la codicia y en sus ojos se veía el destello de la pasión que mueve con poderos impulso los destinos de la humanidad.
Abriéronse zanjas junto al sitio donde años antes se descubrió el bazo de una colosal estatua, en el deseo de encontrarla; después en lo que fueron las thermas, se logró poner al desubierto el hermosísimo mosaico del que uno de sus más perfectos trozos hemos traído; luego, en el teatro, en la plaza e armas y en diversos lugares como resultado de los tanteos que se iban haciendo, surgían de la tierra objetos diversos y múltiples, durante tantos siglos enterrados, algunos en estado de conservación admirable, como monedas iberas y con el busto de emperadores romanos, estilos para escribir sobre tabletas enceradas, delicadas pinzas quirúrgicas, que pudieron emplearse para comprimir la arteria rota de aquellos hombres indomables; y á cada golpe de azada nuestra curiosidad crecía porque estos trabajos tienen todo el atractivo de lo desconocido, el mayor que existe para los humanos, al arrancar á las entrañas de la tierra sus tesoros, lo propio los procedentes de las transformaciones cósmicas, como los olvidados por las generaciones pasadas.
En aquellos momentos comprendí el afán y el entusiasmo de los arqueólogos; hasta los envidié, considerando las gratas emociones de aquéllos como Champolion, al descifrar la piedra de Roseta, como Botta al hallar las ruinas de Nínive, ó Schliemann al encontrar las de Troya, y tantos otros sabios, que han experimentado sublimes voluptuosidades al levantar el velo del pasado, el que lejos de morir renace por ellos y vuelve á nueva vida, rejuvenecido y purificado por la poética tradición ó el artístico recuerdo.
Todo esto consigue el arqueólogo, y fuera para mí imperdonable el no celebrar el momento aquél en que el acaso me llevó por una vez á participar de tan grandes emociones, y reconstruir mentalmente, por los restos aún visibles ó que la tierra nos devolvía, la grandeza de aquella ciudad, cuyos vestigios veían a confimar las noticias que sobre ella había adquirido, relacionadas además con las de otras ciudades celebérrimas, y es que á Termes le ocurrió lo que acontece en las familias, en que si uno de los hermanos sobresale por su belleza, su valor ú otra cualidad, también á los otros alcanza parte de aquella fama, de aquel interés que el más sobresaliente despierta, aunque obscureciendo éste las excelencias que en los otros pudIera reconocerse.
Si Termes no hubiera estado tan vecina de Numancia y ésta no hubiese es rito una de las páginas más hermosas del heroísmo humano, seguramente Termes habría llegado hasta nosotros con mayor fama y brillo y no hubiera quedado modestamente escondida entre los repliegues de la historia, tan modestamente que apenas si se la encuentra.
Si á lo ya consignado sobre ella pudiéramos añadir algún dato más; si los trabajos realizados viniéramos á patentizar la exactitud de las memorias que sobre ella nos transmitieron los historiadores clásicos y reconstruir de algún modo la vida de aquella heroica ciudad, servirían os de gran satisfacción haber redactado estos modestísimos apuntes, para que ellos hicieran otros trabajos de verdadera importancia histórica, y que tanto sobre Termes como sobre las ciudades sus hermanas en aquella región vinieran á darnos idea completa de lo que fueron aquellos aborígenes nuestros, que con tanta intensidad sintieron el amor á su patria y con tanto heroismo defendieron su independencia.
Antecedentes históricos.
Entre las doce ciudades que los geógrafos clásicos señalan como propias de los Arebacos, figura siempre la de Termes, juntamente con Numancia, Clúnia, Oxama (Osma), Titia (Atienza) y las demás que formaban la verdadera confederación de 1os Arebaci ó Arasci. Sin poder determinar sus precisos orígenes, ya fueran scitas o celtas sus fundadores, no cabe duda de que la gran ciudad, que se extendió al pie de la actual Ermita de Nuestra Señora de Tiermes, debió de ser considerada desde sus principios como de gran respeto y fortaleza, pues su situación topográfica, á la que la disposición de las defensas naturales de que disponía, eran las más propicias para que en ellas se estableciera n centro de población de los más importantes en aquellos 1ejanos tiempos.
Coloca a frente á uno de los raros pasos transitables entre las dos modernas Castillas, surtida de abundantes aguas, de clima bastante benigno á pesar de su altitud, y aprovechando las defensas naturales que le proporcionaba la roca, que como fortaleza la servía de asiento, y en la que habían sido excavados sus habitáculos, la antigua Termes, rodeada de fértiles campos propios para la cría de ganados y siembra de cereales, debió sentirse fuerte en su posición estratégica y tan amante de su independencia cual las otras sus convecinas y congéneres por su raza y común género de vida.
Así las ciudades Arebacas se distinguieron siempre por su adhesión a la causa de la independencia patria, siendo las últimas sometidas al poder romano y dispuestas en toda ocasión á ayudar á los que enarbolaban esta bandera, ya fuera un Viriato ó un Sertorio, ya pelearan por igual causa en unión de sus convecinos los pelendones y celtíberos.
(en PDF se adjunta la obra completa, estando sus fotos incluidas y plano en la documentación sobre Tiermes incluida en esta web)
Más información: romanones 1910.pdf
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