Yacimiento Arqueológico Celtibérico y Romano
Buscar en Tiermes

OTRAS LENGUAS

ENLACES PATROCINADOS
ASTROTIERMES2010
Proyectos LIFE de la Comisión Europea
Hotel Restaurante Termes
Casa de la Abuela
Iberkeltia
SHORT GUIDE TO TIERMES 2009
NUEVA GUIA DE TIERMES 2009
Soria y Más...
ayllon
MAPA CELESTE /EVENING SKY
Hispania Nostra
Planeta Sapiens
Tienda LIFE Tiermes
VIDEO Tiermes: el corazón de Celtiberia
Castillos de Soria
Historia Digital
Soria Goig
Best Life Projects 2008

ENLACES INTERNET
Agencia para la difusión de ciencia y tecnología
ARGE Archaeological Resource Guide of Europe
Arquehistoria: web de noticias arqueológicas
Arqueohispania : mejor web español de arqueología
Centro de información y documentación del CSIC
Google: el mejor buscador de la red
Historia Digital: revista de historia y cultura
Links de Historia-Arqueología (Cervantes Virtual)
Proyecto Life Tiermes 2003-2006 : web oficial
Turismo Rural en Soria


  Artículos y documentos: Publicaciones y enlaces de Internet
 
 CUENTO: El último guerrero termesino
Volver
CUENTO: El último guerrero termesino
Autor: Diego Almazán de Pablo
Editorial: AAMT - Life Tiermes
Año de publicación: 2006
ISBN: 

CONCURSO DE CUENTOS “LUCERNA DE TIERMES” 2005

RELATO GANADOR DE LA CATEGORÍA DE 15 A 17 AÑOS

EL ÚLTIMO GUERRERO TERMESINO
por Diego Almazán de Pablo







EL ÚLTIMO GUERRERO TERMESINO
por Diego Almazán de Pablo


Han transcurrido ya cuarenta años de aquellos sucesos y, sin embargo, su recuerdo sigue tan vivo en mí que parece como si hubiera acontecido hace unos días. Termes se encuentra cada día más romanizada, los jóvenes están adoptando sin remilgos las costumbres romanas, e incluso a sus dioses, y apenas hablan ya en nuestra lengua ancestral arévaca, celtibérica. Los hay, no obstante, que todavía consagran sus votos a los manes y a las matres, y que imploran la salud a Bormanico, Deganta y Drusuna, pero sólo los viejos, como yo, invocamos todavía al gran Lug y a Kernunos.

Para unos y otros escribo ahora, en estas letras ibéricas, sobre los hechos de los que fui testigo y actor, a fin de dejar testimonio de la heroicidad de mi amigo Bormius, para que, en estos tiempos en los que nuestras tradiciones agonizan, conozcan cómo éramos los arévacos termesinos cuando todavía seguíamos siendo un pueblo fiel a nuestro legado celtíbero.

Sí, en verdad recuerdo que ya se había puesto el sol en Termes y que los rayos de la luna nos arropaban, cuando nos congregamos junto al arroyo, en la calzada de Carrauxama, en nuestra necrópolis. Lo que estábamos presenciando no era otra escena que la incineración de los restos de Bormius, al que sus padres llamaron así por la devoción que tenían a Bormanico o Borbo, el dios que otorga la salud mediante el agua burbujeante. Todos los reunidos observábamos como, lo que quedaba del joven guerrero, era purificado por las llamas de la pira. Todos, en silencio, recordábabamos su persona, no con añoranza sino con tranquilidad y sosiego ya que para nosotros, los celtíberos, la muerte de un guerrero no era motivo de pena sino de celebración porque morir combatiendo nos otorga en el Más Allá ir directamente al Paraíso de Lug, el dios de los guerreros.

Después de que todos sus restos se convirtiesen en ceniza, siguiendo nuestros viejos ritos funerarios, el druida los introdujo en una urna y colocó al lado su pequeño ajuar personal y su corta espada, todo ello doblado, es decir, muerto, al igual que lo estaba ahora quien los poseyó en vida. Y colocó una estela pétrea, erguida, para señalizar la tumba. Después compartimos el banquete celebrado en honor de Bormius en la pequeña explanada situada bajo las graderías que hay cerca de la Puerta del Sol y danzamos en círculo mientras cantábamos las glorias del gran Lug toda la noche.

Ahora, yo, Caturo, pienso honrar a mi amigo dando a conocer su hazaña.

Cuando mi abuelo Rectúgeno era joven, Termes dejó de ser libre. Los romanos les echaron de la cima del cerro y les permitieron vivir a los pies de lo que hoy llaman la acrópolis. Roma nos ha impuesto, desde entonces, impuestos que hemos pagado con ovejas, vacas y, sobre todo, con nuestras capas sagun.

Pues bien, siendo yo veinteañero, cada vez que nos reclamaban los tributos del César me sentía más y más humillado. Yo mismo incité a Bormius a que llevara a cabo, junto a mí y otros, una emboscada contra el pretor Lucio Pisón durante su venida a las tierras termesinas desde Clunia. Yo llevaba mucho tiempo planeando este ataque pero, hasta entonces, no tuve el valor de ponerlo en práctica, por lo que me sentía interiormente deshonrado. Pero en aquella ocasión, hace cuarenta años, me armé de valor tras saber de la propia boca de los romanos que el pretor de Clunia vendría a Termes pidiendo mayores impuestos de los acordados, y decidí dirigir la operación tantas veces imaginada por mí.

Antes de partir de Termes realizamos nuestras ofrendas al gran Lug para que propiciase nuestra victoria y aprovechamos las sombras de una noche sin luna para dirigirnos por Carraclunia al Barranco de los Buitres, donde nos escondimos tras unas rocas junto a la vereda por la que sabíamos que iba a pasar el pretor y su escasa escolta. Cada uno nos colocamos a una distancia de diez pasos, salvaguardados por las sabinas y los grandes pedruscos del lugar. Hacía frío. Habíamos convenido en que sería yo mismo quien tendría el honor de acabar con Lucio Pisón, pero los contratiempos no son previsibles ya que si no no se denominarían contratiempos: el destino quiso que fuese mi amigo del alma, y no yo, el que sufriera las consecuencias de nuestra acción.

Cuando, a la amanecida, vimos que Lucio Pisón cabalgaba con tan solo cuatro soldados romanos a pie tuvimos casi la certeza casi absoluta de una victoria asegurada, y lo conseguimos ya que cada uno de nosotros cumplió su cometido. El pretor no tenía ni idea de lo que se le abalanzó encima cuando mi lanza le atravesó el hombro izquierdo, pero el romano siguió instintivamente sus reflejos de azuzar a su caballo y emprendió la huida.

- ¡El pretor escapa! ¡Sigue vivo!- exclamé furibundo.

-¡Es cierto! ¡Vamos tras el romano, no le podemos dejar escapar! – gritó Bormius.

Comenzamos a correr detrás del jinete herido y su caballo. El romano salió de la barranquera y se introdujo en el encinar colindante donde, con pesar, perdímos su pista.

-Vamos, Bormius, debemos encontrarle. Él no nos ha visto pero supongo que habrá deducido quiénes somos y atacarán a los nuestros en Termes. No podemos permitirlo. ¡Antes morir! ¿Me oyes, Bormius? ¡Antes morir!- le dije mientras llegábamos a la linde del bosque.

Y allí mismo, como jefe del grupo, nos juramentamos.

- Dadme vuestra palabra de honor de que si alguno de nosotros cae preso, no diremos nada a fin de evitar la masacre de nuestro pueblo. Estoy seguro de que daríais vuestras vidas, llegado el caso, y me avergüenza tener que pedir vuestro juramento ahora, mas yo mismo soy el primero en jurarlo.

Todos me observaron con una mirada de fidelidad y decisión.

- ¡Así sea! – dijeron a coro mientras alzaban sus espadas, y con esto reemprendimos nuestra búsqueda.

Nos dividimos en seis pares y nos adentramos en el encinar. A mi lado iba Bormius. Al poco rato nos cupo la fortuna de encontrar el rastro de las pisadas del caballo, y medio centenar de pasos más adelante observamos que las herradas huellas se hundían menos en el suelo y caí en la cuenta de que el jinete había descabalgado.

- Bormius, creo que está detrás de esos árboles.

- ¿Dónde..? No le veo Caturo? ¿Dónde está…?- dijo Bormius mientras se alejaba de mi lado y me adelantaba por la izquierda.

- No. Espera… Tenemos que avisar a los demás e ir juntos…

- ¡AAAAhggggggg!

El alarido era de Bormius. Pisón le había cortado la mano a la altura de la muñeca y mi amigo se retorcía de dolor en el suelo sangrando sin parar por el muñón en el que antes se encontraba una mano robusta y joven. Pero yo me recuperé rápidamente del susto, saqué mi espada de la funda y se la introduje en el pulmón izquierdo con todas mis fuerzas atravesando su peto de cuero y dándole muerte al instante.

- ¡Por Lug, querido amigo, tenemos que salir de aquí o morirás desangrado! Aún no es tu hora, lo sé y tú también -pero Bormius no respondía.

Atraídos por el grito de Bormius, los restantes compañeros habían llegado ya al lugar del siniestro. Hicimos un fuego y con mi propio puñal al rojo vivo corté la hemorragia de Bormius y con la faldilla del pretor le taponamos la herida y se la atamos al muñón. Y reemprendimos el retorno.

Conseguimos llegar a la ciudad sin ser vistos. Una vez en Termes, para mayor seguridad, Bormius y yo nos escondimos en una de las habitaciones más profundamente excavadas en la pared rocosa de mi hogar y mandé buscar al druida Ovanco para que sanase la herida de mi amigo.

- Dime sin más espera qué es lo que ha pasado, por favor, Caturo- me rogó nada más ver a mi amigo herido.

- Al tender al pretor romano una emboscada en el Barranco de los Buitres, sólo le clavé la lanza en el hombro y consiguió huir. Después de despistarnos en el encinar sorprendió a Bormius por la espalda cortándole la mano –le dije mientras mientras Ovanco le quitaba el envoltorio de la faldilla de Pisón.

- ¡Ya lo veo, insensato! ¡Cómo se te ha podido ocurrir esta locura, Caturo! Ahora los romanos vendrán en busca del culpable –me dijo mientras le limpiaba la herida con agua y frotaba el muñón con un misterioso ungüento con ligereza y suavidad al mismo tiempo–. Dime: ¿serás tú el que se declarará como culpable de este desastre ante los romanos?

-Si es necesario sí, yo mismo, Caturo, me mostraré ante los romanos como el que mató al pretor de Clunia, Lucio Pisón.

La noticia de la emboscada tardó unas horas en ser conocida. El caballo de Lucio Pisón había aparecido en Termes al mediodía y salió una patrulla inmediatamente en busca del pretor, al que encontraron muerto. Al anochecer se dio orden de capturar a cuantos termesinos fuese necesario para demostrar a los demás que nadie que atentara contra Roma podría salir impune.

Se pasaron toda la noche buscando a los responsables, deteniendo a los más jóvenes guerreros. Bormius, conocedor de los hechos, decidió, sin consultarme ni decírmelo, asumir toda la responsabilidad. Se armó de valor y consiguió salir de la estancia en la que estaba aprovechando el momento en el que le había dejado solo para que durmiera.

- ¡Aquí estoy romanos! ¡Aquí estoy! ¡Intentad cogerme!- gritó mientras corría hacia el río a la par que yo me maldecía por no haber supuesto esto antes de que ocurriera. Pero él sabía igualmente, como todos nosotros, que al final alguno tendría que darse a cambio de todos los demás y sólo Bormius, el que más había perdido, tuvo el valor de hacerlo en esa noche, sin esperar más tiempo…, sólo él. Admirable.

Los romanos le cogieron y no sólo eso sino que le pegaron tales golpes que el pobre Bormius no se preocupó ya más de su mano diestra inexistente.

De lo ocurrido en la cárcel donde lo tuvieron preso no sé mucho. Por lo que más tarde oí le preguntaron por los cómplices una y otra vez, mas él nunca dijo nada referente a ello pese a las torturas que le infligían. Me han asegurado que cada vez que se le preguntaba por sus cómplices en la emboscada únicamente decía, y siempre en nuestra lengua celtibérica:

- ¡En vano me torturáis, romanos! ¡Mi pueblo entero ha sido! ¡Todo el Termes arévaco unido! ¡Todos estuvimos en el Barranco de los Buitres: niños, mujeres, guerreros, pastores y ancianos! ¡Mi espada acabó con su vida, pero todo mi pueblo estuvo allí, pues entre nosotros todavía rige la Hermandad Antigua!

Después de retenerle hasta el mediodía sin obtener ningún tipo de información, decidieron matarle crucificándole en lo alto de las termas, para que todos los arévacos le viéramos. Mas él aprovechó un descuido de sus raptores y consiguió escapar. Corrió con todas sus fuerzas y, arrojándose cabeza abajo hacia unos peñascos, falleció en el acto con el cráneo roto. Esta última heroicidad de Bormius la pudo ver un centenar de celtíberos que estábamos mirando hacia las termas en aquél momento.

Los romanos, iracundos, trocearon su cadáver y lo arrojaron al basurero para que los buitres se lo comieran, pretendiendo así deshonrarle vilmente y mofarse de nosotros. Mas ellos no sabían que la mayor meta de un guerrero celtíbero fue, es y será, el morir en un combate por la defensa de nuestra tierra y de los nuestros.
Bormius demostró ser el más digno y valeroso guerrero que he conocido en mi vida.

Fue más valiente que cualquiera de su generación, pero esos romanos estúpidos no lo entienden, para ellos lo más importante es comer, beber, enriquecerse robando territorios -eso a lo que ellos denominan conquistar-, maltratar al débil, además de venerar dioses con forma humana que no inspiran más que risa y no otra cosa. Igualmente ignoraban totalmente que a nuestros guerreros muertos en la batalla se les dejaba expuestos a la intemperie para que los buitres y otras rapaces les comieran, y que tal ritual era lo más ansiado por nuestra casta guerrera, por lo que no era deshonor alguno lo que habían hecho con su cadáver descuartizado.

Al día siguiente los romanos dejaron a su madre y esposa recoger los restos descarnados de Bormius y fue así como pudimos colocarlos en la pira funeraria, junto a su escudo, espada, dos fíbulas ecuestres y un puñal. Todo ello ardió al mismo tiempo y el humo ascendió a los cielos con nuestras plegarias.

Y esta es la historia de la muerte del tirano pretor Pisón y de mi amigo Bormius, el último de los grandes guerreros termesinos arévacos.


Nada más cabe decir...


NOTICIA DESTACADA
2010/020 EL 10, 11 Y 12 DE SEPTIEMBRE SE CELEBRA ASTROTIERMES 2010
2010/020 EL 10, 11 Y 12 DE SEPTIEMBRE SE CELEBRA ASTROTIERMES 2010
POR CUARTO AÑO CONSECUTIVO LOS ASTRÓNOMOS SE REUNEN EN TIERMES. CADA AÑO ESTAS JORNADAS ATRAEN A NUMEROSOS VISITANTES A LA COMARCA.

ARTÍCULO DESTACADO
Guía resumida 2009 del yacimiento con texto y planos para una visita rápida
Guía resumida 2009 del yacimiento con texto y planos para una visita rápida
El yacimiento arqueológico de Tiermes: accesos, historia, recorrido y alrededores.

(C)2008 Arturo Ignacio Aldecoa Ruiz; AAMT-LIFE Tiermes, C/Alda. Urquijo 82, 1º, 48013 Bilbao. Tel. +34 630559905. asociacion@tiermes.net